martes, 12 de septiembre de 2023

EL POBRE DE HERRERA

 

Desde mediados de los cincuenta comenzó a aparecer por el pueblo con una cierta regularidad. Siempre venía de la parte de abajo, desde la última casa de adobe de Arenillas, la habitada por el zapatero. Jesús, creo que se llamaba. A quien le venía muy bien su oficio, como el zapato a su horma, por así decirlo. Por alguna enfermedad infantil una de sus piernas estaba ligeramente retranqueada. Así que no le quedaba otro remedio que pegar un indisimulado tacón a la bota derecha de modo que sus extremidades quedaran más o menos equilibradas. Como era el zapatero remendón de la comarca, sólo le quedaba cubrir el costo del material. Mano de obra gratis.

No era raro, cuando llevábamos al zapatero Jesús, por encargo de nuestras madres, el calzado de charol para poner nuevas suelas, encontrarnos con el pedigüeño a lo largo de la senda que, bordeando las curvas del río, atravesaba las huertas de la Rinconada para desembocar en las eras de frente a la escuela unitaria. Algo hosco, nosotros le observábamos con reticencia desde la distancia. Cuando advertíamos la presencia, si cabía la posibilidad, hacíamos lo posible por esquivarle, escondiéndonos entre las mimbrajas de la ribera. Las que cubrían el ribazo del Valdavia entre el pozo de la Carbonera y el pozo Hondo, ya cerca del límite con Arenillas.

El limosnero era de poco hablar, como mucho un saludo de buenas tardes o buenos días, según la hora de la jornada. Y poco más. Y esto sólo cuando se cruzaba con los adultos que iban camino de la labranza a las huertas. A los niños no nos decía ni oste, ni moste. Así que no era de extrañar que le miráramos con notable desconfianza. Siempre portaba la misma indumentaria. Una chaqueta de pana, oscura, que, con toda certeza, había conocido tiempos mejores. Debajo una camisa, también descolorida, de un azul muy similar a la que usaba el tío Ladislao como glorioso héroe falangista en las fiestas mayores. Hasta es posible que fuera genuina. Acaso le perteneciera por haber formado parte de algún regimiento militar durante la guerra pasada. O, lo más posible, que alguien se la hubiera regalado en un acto de extrema caridad joseantoniana.

Los pantalones, por casualidad, casi a juego con la camisa, acarreaban varios remiendos, más o menos apañados, a la altura de las rodillas, además de algunos sobresalientes lamparones de grasa en la parte trasera. Indefectiblemente, en cualquier estación del año, hiciera sol o cayeran chuzos de punta, las zapatillas, con la planta mal recortada de algún neumático antiguo iban recubiertas en la parte superior por esparto. Lo que, en primavera, cuando se deshacía el barro de las heladas en los caminos no era la protección más adecuada frente a las inclemencias del tiempo.

En otras ocasiones, cuando llegaba a la aldea a mitad de mañana, le contemplábamos desde las ventanas de la escuela unitaria. Siempre portaba a la espalda un fardel de yute, de los que usaban las gentes del campo para guardar el grano o el nitrato con que abonar los pagos, con su silueta algo desgarbada mientras atravesaba las eras camino de su ronda de casas y limosnas.

El buen hombre era de una considerable altura para las estaturas esmirriadas producto de las hambrunas de la posguerra, Como parecía tener un horario predeterminado, acaso guiado por el instinto, acaso atento a las horas que daba el imperturbable reloj de la esbelta torre parroquial, siempre hacía igual ronda por el pueblo. Comenzaba por las casas de la carretera, lo que le daba tiempo, al final de la mañana, puntual, a que en el bar de Abundio alguien le invitara a un chato del espeso y denso vino de las carrales almacenadas en la trastienda.

En sentido parecido a las agujas del reloj, avanzaba de casa en casa, primero por las que formaban el perímetro del caserío, las que hacían frontera con el río Avión. Tras un par de círculos concéntricos, donde había ido recogiendo algunas perricas, ocasionalmente, dependiendo de temporada, alguna fruta con tiempo por delante para madurar, algún mendrugo de pan endurecido, el saco iba cogiendo su peso. Si le daba tiempo y casi siempre era así, como si lo tuviera cronometrado, terminaba por llegar a la plaza de la iglesia, se sentaba debajo de la chopa centenaria, donde se colgaban los edictos del ayuntamiento, a la espera de que comenzara el rezo vespertino del santo rosario.

En una vida anterior, si la tuvo, debió de ser un hombre letrado, puesto que se sabía de carrerilla todas las letanías y devociones litúrgicas. Incluso en latín. Las recitaba por convicción y devoción, aparentemente concentrado en sus plegarias, aunque fuera en el último banco de la iglesia, el que lindaba con el baptisterio. Sólo salía de la nave cuando el cura y los monaguillos comenzaban a apagar los ciriales y el humo del incienso comenzaba a dispersarse entre las tallas en escayola de San Roque y la Virgen de Fátima.

Y cuando anochecía, invariablemente, siempre que llegaba al pueblo, su recorrido terminaba en casa de mis padres. No fallaba. Desconozco las razones por las que siempre pasaba la noche en mi casa. Mi padre, al lado de la vivienda, tenía una pequeña cuadra donde apenas cabían las dos vacas de tiro y, si necesario, se hacía hueco para el ternero parido en primavera. Enfrente de la cuadra, en la parte más baja, un cobertizo cubierto permanentemente por la sombra del nogal, alojaba la hierba seca recogida a principios de verano en el prado de Santa Marina.

Para la época, sobre todo en las crudas noches de invierno, incluso bien avanzada la primavera, no era un mal sitio para dormir la noche. El techado bajo, las paredes de adobe y, sobre todo, el heno reseco, despedía un notable calor en el que se arrebujaba el mendigo.

Mi padre siempre le ponía dos condiciones si quería que fuera acogido en el pajar en la próxima ocasión. La primera es que no fumara. Algo comprensible. Un descuido y aquella pira de hierba seca y entramado de roble de las vigas volaría en cenizas antes de que los vecinos tuvieran tiempo de echar mano a los garabatos para sacar agua de los pozos.

La segunda condición es que, al día siguiente, fuera la época que fuera, el pedigüeño tenía que estar listo para ir a misa de ocho. Tras la cual, tenía derecho a una cacerola de leche, si la ocasión lo permitía, bien azucarada y abundante pan mojado. Ni que decir tiene que, una vez más, fuera por convencimiento o por hambre, el mendigo siempre cumplía las condiciones a rajatabla. Le recuerdo con la cacerola entre las piernas, saboreando los curruscos de pan empapados en la leche. Tan concentrado en su tarea como lo había estado la tarde anterior en el rezo de los misterios dolorosos. Si era primavera, a la sombra del nogal. En invierno, sentado en la viga del carro en la portada.

Le llamaban el pobre de Herrera y debía rondar los cuarenta largos. Aunque nadie lo sabía a ciencia cierta. Algunos decían que era de la montaña, otros lebaniego, otros que de Tierra de Campos. Por alguna razón se quedó con el apodo de “pobre de Herrera”. Nunca las gentes, que yo recuerde, le apelaron con nombre propio alguno. Es decir, su nombre de pila venía denominado por su supuesta procedencia y por sus inexistentes posesiones. “Ahí viene el pobre de Herrera”, “le he dado un cacho pan con cebolla al pobre de Herrera” o frases similares bastaban para identificarlo. Cuando había que dirigirse directamente a él, se recurría a los pronombres personales, “Toma, cómete este torrezno”, “Te va un vaso de vino”. Nunca un nombre claro. Mucho menos un apellido de familia.

Así que, cualesquiera fuera su nombre propio y su apellido paterno habían quedado ocultos, si es que existían, en algún archivo parroquial, entre la ilegible caligrafía de su partida de bautismo. Dondequiera que este hubiera tenido lugar. Esta forma de denominar, con paráfrasis o apodos, algunos notablemente pintorescos, a los pobres que con regularidad aparecían por el pueblo a finales de la década de los cincuenta y principios de la siguiente, no tenía nada de extraordinario.

Estaba el tío Catedrales, el Lebaniego, el Cerverano, el Componedor y un largo etcétera de desposeídos que sobrevivían, mal que bien, de las dádivas recolectadas a lo largo de sus rutas de limosneros, complementadas a veces con oficios variopintos. Sin domicilio fijo, la mayor parte de ellos eran miserables herederos de los desastres de la Guerra Civil. De aldea en aldea, en busca de la fortuna que la suerte o la geografía les había negado. Muy raramente se movían en familias. La mayor parte eran hombres y solteros, aunque también había mujeres. Todos con sus recorridos muy definidos, sabiendo que vecinos eran más generosos que otros, conocedores de que almas caritativas, aparte del plato de legumbre caliente lo acompañaban del porrón con gaseosa. Se pasaban semanas enteras valle arriba, valle abajo. Por la Vega de Saldaña, atravesando los pueblos de los páramos, subida por la Valdavia hasta Cervera y vuelta por el Valle del Boedo.

Otros, más locales, de los pueblos vecinos, lo hacían prácticamente cada semana. Nadie conocía, salvo quizá cuando se trataba de pobres de los pueblos más cercanos, las verdaderas historias de quienes habían sido reducidos a la máxima pobreza, cuando no miserias y humillaciones. Mi padre intentó, sin obtener resultados fiables, ocasionalmente, de sonsacar al pobre de Herrera qué vericuetos de la vida le habían arrastrado a tan desesperada situación.

De sus maneras se traslucía que, algunos años antes, el hombre debía de tener un notable bagaje cultural. Ciertamente sabía leer, posiblemente escribir, porque siempre echaba una ojeada al Diario Palentino al que mi abuelo estaba suscrito y cuyos ejemplares, hasta que terminaban usándose para encender la gloria, solían deshojarse por el banco de la portada o en las revueltas estantería de la hornera. Pero el pobre de Herrera siempre solía responder con evasivas y ni siquiera fue claro sobre el pueblo donde había nacido. Mis padres lo conocían desde antes de casarse y solían hacer cábalas sobre su procedencia. Sin que estas llegaran a un resultado cierto.

Unos cuantos años después, cuando yo ya estaba en el internado, mi madre -muy aficionada a las misivas semanales- me relató en una carta de las que solía escribirme los domingos por la tarde, que al pobre de Herrera, como todo el mundo lo conocía, había sido atropellado por el tren de la Robla, cerca de la estación de Santibáñez. Que un tren conocido por su exasperante lentitud atropellara al buen hombre resulta difícil de entender. ¿Se habría quedado dormido en la vía? ¿Acaso se había arrojado a propósito sobre la misma?

Incluso me mandaba el recorte del periódico, donde se relataba, en un parrafito, una somera descripción del supuesto accidente. Ni siquiera para el periódico tenía un nombre propio. La Guardia Civil, aparentemente, no había logrado identificarle. Papeles, ciertamente, no portaba. Así que el modesto recuadro que le dedicaba el periódico provincial, una vez más, seguramente la última, le llamaba el “pobre de Herrera”.

El breve venía acompañado de una breve descripción de las pertenencias del sujeto accidentado. Contaba que nadie sabía bien de quien se trataba ni lo que había sido en su vida anterior. Simplemente, a modo de identificación, narraba que el pobre de Herrera, que no parecía portar su saco de yute en el momento del accidente, le habían encontrado en su bolsillo, posiblemente del mismo pantalón de siempre, por toda posesión, una caja de cerillas. Vacía.

sábado, 31 de diciembre de 2022

LA VACA DE CARTÓN (Para CLCD)

En diciembre de 1966 la aldea todavía tenía un número relativamente alto de habitantes. En la escuela mixta, regida por Don Tino, éramos unos veinte alumnos, desde los seis a los catorce años, que esperábamos con ansiedad la llegada de las fiestas navideñas. Inquietos por los preparativos en los que nos tocaba colaborar, tanto en casa -las labores del campo completamente paralizadas- como en la iglesia, con larguísimas ceremonias religiosas, el edificio no tenía calefacción alguna, así que los pies rozaban el punto de congelación, tiempo adecuado para lucir los nuevos abrigos que nos habían comprado, a mediados del otoño, nuestras madres en la Calle Mayor de Palencia.

Comenzaba a despuntar la emigración a las grandes ciudades, a cuentagotas, antes de la gran estampida de pocos años más tarde. Lujos no había y la existencia cotidiana estaba envuelta en la austeridad que se desprendía de los escasos beneficios que se recogían de las tierras. Aunque como dirían más tarde nuestros progenitores, hambre nunca pasamos. Del frío no se podría decir lo mismo. Parcos ingresos, mayormente de los centenos sobreviviendo en los páramos pedregosos, de las patatas y alubias en huertas y vegas labradas con mimo. No obstante, comenzaba a percibirse algún signo de que el desarrollismo, impulsado casi una década antes por el Gobierno central, por fin, comenzaba a percolar en la España más remota y abandonada, la del norte de Castilla la Vieja, en la linde con la montaña cantábrica. Cuando la plana geografía terracampina comienza a ondularse en vaguadas húmedas y la aspereza de los labrantíos queda amortiguada por los brezos y robledales.

Comenzaba a introducirse la maquinaria agrícola y quien más quien menos se apuntaba a la riqueza que, supuestamente, se podría amasar por reciente incorporación de una minúscula cabaña ganadera. Quien fuera capaz de disponer del capital inicial para adquirir la primera vaca lechera. Efectivamente, más allá del ganado de tiro, mulas o vacas del país, y del cochino de toda la vida, algunas familias comenzaron, paulatinamente, a introducir las vacas de leche, las pintas, aunque en el pueblo se denominaban pías, adquiridas a precio de oro para su magros bolsillos en el mercado de Cervera o Torrelavega.

La leche abundante de esta raza, complementada con la venta anual del jatillo, constituía un plus sobre el que comenzaron a acumularse los modestos ingresos, antes desconocidos, y que ahora permitían la adquisición de ciertos extras, sobre todo en las fiestas del santo patrón, San Esteban, en pleno estío, y ahora, en las navidades transidas de heladas y fríos glaciales. No pocas inviernos, también, de montoneras de nieve. Los últimos días antes de las vacaciones de aquel año, mi padre -nosotros vivíamos en la otra esquina del pueblo- todas las mañanas tenía que ir delante de nosotros, camino de la escuela, con la pala de cavar la tierra en ristre, abriendo un sendero para que mi hermano y yo pudiéramos alcanzar la escuela. Asistir a clase era un mandamiento sagrado para mi madre, costara lo que costara. Las intemperies no iban a ser un obstáculo pese a nuestra insistencia de que “por un día no pasaba nada”.

Aquel año las heladas fueron tan extremas que prácticamente, desde mediados de noviembre todo el río Pequeño, salvo algunas curvas pobladas de juncales y aranchas, discurría bajo una sólida capa de hielo. Nuestros juegos infantiles, en aquellas tardes tan cortas, consistían en intentar romper la capa de hielo con los cantos de la orilla o con los afilados palitroques de roble que usábamos en primavera para el divertido juego de las estacas. No pocas veces, donde intuíamos que el grosor de la capa de hielo era más espeso nos dedicábamos a patinar, a escondidas de nuestros padres. No que tuviéramos equipo alguno, con el calzado del momento, es decir, las katiuskas que nosotros adaptábamos a kachuskas. Sobre todo en la charca que las mujeres solían usar en verano para sus coladas, un pequeño remanso al borde de la corriente, cerca del prado del señor Isidoro, el cartero, hasta donde se filtraba el agua de la Vega vecina.

Por aquel año, ya había algunas televisiones en el pueblo. La veda la abrió Miguel el del molino que había vuelto de su corta emigración a Alemania con una bajo el brazo. Mis padres habían adquirido una, de la marca Fercu, que todavía anda por el desván de casa, entre mosqueras y otros artilugios de la matanza en desuso, a Luis el de Saldaña, un familiar, quien a su vez la había comprado en Madrid en alguna subasta por liquidación de negocio. Y delante de la televisión comenzaba nuestra Navidad. Con la lotería, los bombos del Gordo girando sumergidos por la notable neblina del estático de la pobre recepción. Pero con todo y con eso, mucho más atractivo que escuchar las cantinelas de los niños de San Ildefonso en la radio “Optimus” que había campeado hasta entonces con las noticias de El Cimbalillo al retornar de la escuela. Antes o después, llegaba la conexión con el Teatro de la Zarzuela. El incombustible Raphael, por entonces ya me parecía mayor, haciendo reverencias a Doña Carmen Polo de Franco aposentada en uno de los palcos, mientras la gente aplaudía a rabiar su interpretación de “El Tamborilero”.

En realidad, nuestra navidad había comenzado unos días antes, el primer día sin escuela, una vez comenzadas las vacaciones. Los niños, en nuestra función de monaguillos, ayudábamos a las señoras más devotas a montar el nacimiento de la iglesia. Nuestra tarea se reducía a dos pequeñas aportaciones. La primera era ir a buscar musgo, con el caldero de sacar agua del pozo, a donde por experiencia sabíamos que lo encontraríamos, incluso si la nieve se había amontonado. Con las heladas y las bajas temperaturas, las zonas de crecimiento del aterciopelado vegetal no eran muy comunes.

Nuestro secreto era un sitio que nunca fallaba para tal menester. La cantera donde más medio siglo antes, en el camino de Vega Palacios, no muy lejos de la carretera a Polvorosa, en los recovecos de las rocas cuyo corte habían abandonado los canteros siempre encontrábamos el musgo, elemento indispensable para montar el belén. Había de varias clases, el preferido era, el más lindo a la vez que raro, uno que con el reflejo del sol generaba, de manera mágica, pequeñas estrellitas que brillaban en el verdor invernal de la hierba.

La segunda tarea, está mucho más fácil, era buscar la arena, a veces en Las Adoberas, a veces a la vera del río, sobre todo si había habido crecidas en otoño, con las que construir el río que serpenteaba, cubierto con un cristal y una lámina azulada, por el centro del belén. Las buenas mujeres nos permitían también colocar las diminutas ovejas dotadas de una textura extremadamente suave, casi como las de verdad. Me pregunto que habrán sido de aquellas lindas figurinas, con cierto valor artístico, que todos los años contemplábamos con admiración, la mañana de Navidad, cuando acudíamos a besar al Niño Jesús, recién nacido, en la cuna. Don Juan, el párroco, a la vez que se desgañitaba con el “Adeste Fideles”, siglos antes de la pandemia, ya limpiaba tan cuidadosa como higiénicamente con un pañito, tras el ósculo de los feligreses, la rodilla desgastada por los besos de los fieles durante lustros.

Mis padres, quizá con los beneficios de la venta de alguno de los primeros terneros, o acaso en un año de fortuna, de los pocos que había, con las patatas, se las habían ingeniado para tener, asimismo, un belén en casa. Este mucho más humilde, con figuras de plástico ligeramente burdas, sobre todo en los animales de la granja. Los conejos y las gallina tenían una muy somera semejanza con las que echábamos de comer a diario en la cuadra. Las habilidades del fabricante debían de ser bastante limitadas y en las patas de los animalillos se percibía que el plástico había sobrepasado los límites del molde. Mi madre que lo recogía cada año por las Candelas con tanta delicadeza y lo envolvía en hojas antiguas del Diario Palentino seguro que, dondequiera que esté, no debe de estar muy satisfecha que varias décadas después, los patos y San José se encuentren desperdigados, a la vez que olvidados, en la cómoda de la entresala.

En todo caso, este era nuestro belén particular y mi madre nos permitía montarlo a nuestra manera colocando el pozo donde nos apeteciera y los tres Reyes Magos al principio de un tortuoso camino para que cada día pudiéramos ir acercándolos un poco. Desconozco cómo se las apañó mi madre para disponer de aquel pequeño privilegio, no creo que hubiera muchos hogares entonces con un nacimiento al completo, aunque sí recuerdo que lo compró a través de un catálogo en Galerías Preciados. Incluso lo completó en varios años consecutivos con figuras adicionales lo que generaba enormes expectativas entre mi hermano y yo esperando al señor Isidoro, varios días antes de navidad, para ver si en su sobada valija traía, por fin, la cajita de Galerías.

La cena de Navidad era muy frugal y no se distinguía apenas de las de cualquier otro día. Después de todo, teníamos que guardar la preceptiva hora de ayuno antes de la comunión en la Misa del Gallo a la que no faltaba ni un alma, por así decirlo. Tampoco entonces había calefacción en la iglesia, aunque, previsiblemente, la nutrida asistencia de fieles -incluso hasta los pocos a los que se les llenaba la boca de blasfemias a lo largo del año acudían- producía el suficiente calor humano, por no hablar de la emoción y temblor que sentíamos los chiquillos, envueltos en el inconfundible olor a incienso de las grandes fiestas litúrgicas, al entonar los villancicos en fiesta tan señalada por la ternura y el cobijo familiar. El día de Navidad la comida sí que era más especial. Sin excesos, claro. El pollo guisado venía acompañado, era lo que más nos interesaba, de los dulces tradicionales que mi madre elaboraba en la cocina bilbaína, a veces el brazo d gitano, a veces magdalenas elaboradas unos días antes con las vecinas. A los que se unían, siempre, dos pastillas de turrón, la del blando y la del duro, así como algunas peladillas. Obviamente, en aquella época no había Papa Noel, ni centros comerciales, ni regalos a mansalva, ni nada que se lo pareciera. Los regalos eran muy poco y estaban estrictamente reservados para la mañana mágica de Reyes.

Que era el momento culminante para los niños. Mi hermano y yo, poquito a poquito, habíamos ido acercando los tres Reyes hasta el portal de Belén. El molde de Baltasar, los cuerpos iban separados de los camellos, por alguna razón no se ajustaba bien a la grupa del camello, así que teníamos que moverlo con sumo cuidado. Pero, en fin, allí estaban, en todo su esplendor de plástico dorado, a las puertas de la gruta construida con cantos de la ribera, cortezas de chopo y la infalible harina que recubría de nieve el conjunto.

Ilusionados como estábamos, antes de acostarnos, usábamos la latilla -la que usaba mi padre para poner la harina molida en el pesebre de las vacas, en realidad una lata de sardinas de un kilo vacía- llena de avena para que las cabalgaduras repusieran fuerzas. También un recipiente con agua. Suponíamos que, tras la travesía del desierto, los animales estaban más que sedientos. Curiosamente, nunca se nos ocurrió dejarles algo de comida a los jinetes. Todo el alimento era para los camellos plastificados. Sólo quedaba esperar que, en contraprestación por nuestra generosidad, los tres Reyes Magos se detuvieran para alimentar sus cabalgaduras y en el interín fueran generosos con sus dones.

Habíamos pasado la noche bien arrebujados en las mantas, pero en cuanto entreveíamos el alba por entre la chopera desnuda de mi abuelo, al otro lado del río, descendíamos raudos la escalera, casi coritos, a recoger nuestros regalos. Aquel año, los reyes me trajeron una vaca de cartón. Pinta, claro.

Un recortable con el que yo podía imitar las tareas de mi padre. Así que durante todo el día estuve paseando la vaca por la portada. Llevándola del pesebre, la latilla casi vacía que se habían zampado los camellos, al abrevadero, destapando la nieve en el patio para que pudiera pacer, colocándola contra la pared de adobe de la hornera, cuando ya casi a mediodía pegaba el sol oblicuo de diciembre. Por un imperdonable olvido, fruto del cansancio infantil o acaso la novedad de la pequeña pantalla en movimiento, la vaca quedó aquella tarde abandonada al pie del albañal que pasa al lado del viejo ciruelo plantado por mi padre. Al día siguiente, entre la helada y la escarcha, la vaca había perecido, arrugada y enmohecida. Una verdadera tragedia infantil que me costó una llorera interminable.

Mi único consuelo, en realidad uno doble, consistía en que los Reyes, seguramente por haberles dejado tanta avena para sus camellos, habían sido magnificentes. De hecho, se ve que sus gustos eran muy eclécticos, un revólver plateado, de un peso insignificante, como los que usaba el Llanero Solitario en el cuento, uso singular, los recursos sólo daban para un ejemplar, que había comprado el verano pasado a los cuqueros, el día San Esteban, cuando ponían a la venta sus chucherías y juguetes al abrigo del cierzo, en los olmos de la Ren de Osorio. Pues mira que era casualidad que los Reyes hubieran dado, tras la larga ruta por el desierto, con un revolver igualito al de los puestos de la fiesta mayor.

El segundo regalo, el tercero, quiero decir, en estos tiempos de abundancia a mis hijos les parece de risa, era una mandarina. Cierto, las naranjas, sin ser un bien de consumo tan extendido como ahora tampoco eran tan raras entonces. Pero mi mandarina no era una naranja cualquiera. Era una mandarina envuelta en un papel tan flexible que por más veces que envolviera y desenvolviera la mandarina en el mismo, los extremos siempre terminaban por envolverla a la perfección. Con aquel pequeño envoltorio de papel y la pistola de plástico refulgente, la vaca pasó para siempre al olvido. Dondequiera que habiten las vacas de cartón olvidadas.

Fueron mis últimos Reyes infantiles. Al año siguiente, ya había pasado un trimestre en el internado de Valladolid, la inocencia se había esfumado. Supongo que los primeros encontronazos con la vida, alejado del seguro regazo familiar, habían comenzado a dejar los primeras cicatrices de adolescente en ciernes. Al volver al pueblo para las vacaciones, curioso como era, comencé a revolver en los cajones y armarios de la habitación de arriba, la que solía usarse en contadas ocasiones para algún familiar venido de la gran ciudad, o en casos de emergencia por enfermedad. Después de todo, era donde daba más el sol. Un gran armario, donde mi madre guardaba las mantas del invierno y la indumentaria del traje de fiesta, incluido el único traje que tenía mi padre, con sus recovecos y capas era un lugar maravilloso para la exploración adolescente.

Encima del armario, casi tocando el techo, un marco ovalado, que había pertenecido a mi bisabuela Catalina, con la imagen de la Virgen María entregado a Santo Domingo el rosario, acompañado de Santa Catalina de Siena, presidía mi rebusca afanosa, sin ningún propósito final, simplemente saciar mi curiosidad. Imagino que aquella trinidad santa también debía estar vigilando mis quehaceres, acaso ligeramente teñidos de pecado venial. Si mi madre me pillaba revolviendo el armario sería muy capaz, como mínimo de darme un zapatillazo, para lo que tenía una gran habilidad y, acaso, peor de los casos, encerrarme en la habitación de atrás, supremo castigo, sin merienda. Mi madre no me pilló.

Pero como se suele decir, en el castigo está la penitencia. Yo mismo me castigué. Encima del armario, detrás de una pequeña repisa barroca de madera troquelada, encontré el tesoro y mi perdición. Una cajita de cartón con los doce lápices de colores Alpino. La del ciervo que retoza entre las montañas y las praderas. Previsiblemente de los Alpes, dado su denominación.

Allí se acabó mi infancia. Con aquel descubrimiento del que a nadie podía culpar, puesto que yo mismo lo había provocado con mi insaciable e innecesaria curiosidad. No resultó complicado hilar que el viaje de mi madre a la capital, unos días antes, cuando no había querido enseñarnos lo que traía en su bolso tenía que ver con el hallazgo. La confirmación llegó la esperada mañana de Reyes, cuando al lado de la lata de avena completamente vacía, ahora todo encajaba, ciertamente mi padre la había vaciado en el pesebre de las vacas vivas, apareció la caja de Alpino. Exactamente igual a la que yo había tenido entre mis manos, subido a una silla para alcanzar la parte superior del armario, unos días antes.

Como cualquier niño que quiera seguir siendo niño, no dije nada. Pero el daño ya no tenía remedio. A veces he pensado que el descubrimiento de las vistosas pinturas Alpino ha constituido el arquetipo de todas las ilusiones que uno ha tenido en la vida y que, desgraciadamente, se han desvanecido. El patrón de todas las esperanzas  que nunca se llegaron a cumplir porque desvelé el misterio que las envolvía antes de tiempo. A veces la curiosidad mata y los sueños se rompen por no dejar que la vida discurra por los meandros que ella misma discierne. Con sus tiempos y sus ritmos.

sábado, 26 de junio de 2021

DISTOPIA BÍBLICA

Si el insigne profeta Moisés bajara de las alturas del Sinaí en esta época precisa de coronavirus, entrada la tercera década del siglo XXI, muy posiblemente mostraría al pueblo israelita los Diez Mandamientos, no esculpidos en piedra, con números romanos en la cabecera, al estilo que mostraban nuestras estampas de catequesis hace más de medio siglo en las parroquias sitas en los paradisíacos valles y páramos del norte de España: en Castilla, Asturias o Galicia.

 Allí donde corrían, hasta los años sesenta, por parafrasear el texto bíblico, arroyos de leche y miel. Esta referencia, en el tiempo y el espacio, a tantos lustros ha no es gratuita. En realidad, por los ríos discurría, no leche ni miel, pero sí agua cristalina donde los batracios se lanzaban al agua desde los ribazos y donde los niños de la aldea se sumergían en cueros, como Dios y sus madres les trajeron al mundo, sin temor a que la corriente les cubriera de sarpullidos químicos.

Moisés bajaría de la cima, portando en alto, no las tablas de la ley sino una tableta gigantesca, donde los Diez Mandamientos vendrían en relieve pixelado. Pero no sería el avance del soporte tecnológico lo más llamativo que Moisés mostraría a la plebe congregada al pie del macizo pelado. Lo más innovador sería que no habría 10 mandamientos, sino 11. Técnicamente no habría problema alguno para que, deslizando el índice sobre la pantalla gigantesca, se mostrara este undécimo precepto.

Y allí, en la pantalla táctil, en enorme Arial, pongamos que 200, parpadearía, para una mejor visibilidad: “No arrasarás la Tierra que te entregué prestada”. Que Yahvé tuviera que recurrir a un mandato en tal sentido para que la humanidad no aniquilara el hogar donde vive parece un contrasentido. Si por alguna característica sobresalimos los humanos es por nuestra capacidad de supervivencia y no parece razonable que hayamos llegado a una situación donde estemos cerca del punto de no retorno en la acelerada carrera para destruir el hogar que nos acoge. Pero los hechos son tozudos, pese a que algunos ignorantes, cada vez menos, cierren los ojos ante la evidencia de los sentidos.

De hecho, no existe desafío más grande para el ser humano, en la actualidad, que enderezar la enorme degradación a que hemos sometido y sometemos al Planeta Azul. El nuestro. Ni Covid, otras pestes surgirán de otras cuevas de murciélagos, ni guerras, no habrá suficientes onus para pacificar el gen secular de la violencia que todos portamos, ni recetas para calmar el dolor de la pobreza porque, como ya dijo alguien hace siglos, siempre tendremos pobres entre nosotros. El principal reto, aquí, ahora y en los próximos decenios, es la sostenibilidad de la Tierra que nos sirve de cuarto de estar y de la tierra que alimenta nuestro ser. Esto es, el espacio incomparable donde hace 4.470 millones de años, decenio arriba o abajo,  se inició la aventura de la vida y de la historia. Nuestra vida y nuestra historia tal como la conocemos.

Responder a ese desafío, por lo que día sí y día también observamos en los medios de comunicación, no está resultando fácil y es que la solución, llegados a este punto, resulta extremadamente compleja. Excesivas variables en la encrucijada de nuestro futuro a medio plazo, infinidad de intereses creados para poder ponernos de acuerdo.

Para empezar, como, como en el resto de las actividades humanas, el primer pilar para mantener, ¡qué menos que la cédula de habitabilidad de nuestros mares y bosques! yace en la responsabilidad individual de cada uno de nosotros. Es cierto que el compromiso personal de las personas, en un contexto de comunitarismo exacerbado, cuando no nacionalismos y otros “ismos” degradantes y egoístas, ha relegado la responsabilidad intransferible de mi propio yo, de mis actos y sus consecuencias, a un nivel poco ejemplarizante donde siempre resulta más cómodo culpabilizar al otro. Cuenta más la dilución en el grupo, lo etéreo de la masa que levantar valientemente la mano. Ha sido un servidor. Pero si yo arrojo la lata de Coca Cola al río de mis juegos infantiles, ¿haré responsable a la corporación municipal o al gobierno de turno que no tienen servicios municipales de limpieza?

El segundo cimiento para recuperar nuestra casa procede de las decisiones políticas. Aunque los dirigentes europeos y mundiales han dado algunos pasitos en tal sentido parece evidente que, salvo que aceleren y nos sorprendan en la próxima conferencia internacional, los avances están siendo demasiado escasos y demasiado tardíos. No sé si son las 12 menos cinco antes de la medianoche o las once y treinta, pero el tiempo -como decían los romanos, hiere y la última hora mata- no se detiene mientras toneladas de plásticos se amontonan en los vientres de las ballenas. Aquí también cuenta la responsabilidad individual de cada uno de nosotros, para ser precisos, la electoral. Cuando lleguen las próximas elecciones, no voy a añadir más prescripciones, pero se podría conceptualizar en algo así como “Votarás a quien tú consideres que mejor protegerá tu hábitat”. Y a nadie más.

Es cierto que en el marco de las decisiones políticas, tan imperiosas y urgentes, hay un factor, el económico, que actúa como una rémora de la cual es complicado desligarse. En juego están millones de empleos, de sustentos de incontables familias para quienes resulta complicado, desde una perspectiva política, tomar decisiones drásticas. Las interacciones de la economía globalizada que repercuten de manera directa en salarios y puestos de trabajo requieren un sexto sentido del equilibrio que, con toda certeza, exige decisiones muy meditadas. Por poner un ejemplo, el disparate del uso masivo del carbón en China, una de las fuentes masivas de contaminación mundial, para manufactura de placas solares que en Occidente amainan nuestra mala conciencia del uso de energía, en teoría, podría pararse en seco, ya sabemos cómo se las gastan los del Comité del PC nativo en asuntos de menor calado. Pero ¿y cuántos millones de empleos desaparecerían y qué harían esas familias sin un salario que llevarse al bolsillo?

Lo que nos lleva al tercer elemento. Los occidentales nos podemos permitir el lujo, al menos algunos, de comprarnos un Tesla eléctrico por 35.000 euros, pero que le decimos a un maliense que en la colina de los neumáticos de Bamako suda toda la jornada quemando el caucho para sacar el alambre de las ruedas con la que poder construir utensilios de cocina. Por ello, un factor esencial, a la vez que una oportunidad única, para mejorar la sostenibilidad de nuestro planeta es la redistribución de la riqueza. Nunca habrá igualdad, como se ha dicho más arriba, pero un mayor equilibrio entre países pobres y ricos evitará, entre otras muchas iniciativas, que mandemos toda la porquería electrónica a contaminar los países subsaharianos.

Y como no hay tres sin cuatro, y porque todos estos mandamientos se encierran en uno, como aprendíamos en la catequesis que nos impartía Don Fidenciano, el cura de los paraísos perdidos, el cuarto pilar, el que da sentido a todos los anteriores, al menos para los creyentes, es el teológico o, para ser exactos, bíblico. ¿Qué sentido tiene que Dios creara la Tierra y todo lo que existe sobre ella, incluidos nosotros, para terminar destruyéndola? “Mirad, os entrego todas las hierbas que engendran semilla sobre la faz de la tierra, y todos los árboles frutales que engendran semilla os servirán de alimento, y a todas las fieras de la tierra y a todas las aves del cielo, a todos los reptiles de la tierra –a todo ser que respira- la hierba verde les servirá de alimento” (Gen 1,29)

Mirando para atrás, creo no exagerar, al menos no demasiado, asumo que esta descripción encaja perfectamente con mi aldea infantil de hace unos sesenta años. Con una gran diferencia. Las hierbas han sido aniquiladas por los herbicidas cancerígenos, los árboles frutales han sido arrasados en el altar de la producción intensiva de cereales, a los lobos no se les ve en el monte y las águilas reales son inexistentes. Y todo esto en un espacio perdido en el mapa del mundo, ¿qué decir de lo que ocurre en las grandes urbes al borde del Río Amarillo o en la impía deforestación Mato Grosso?

Unas líneas antes del versículo bíblico recién citado hay todavía una exhortación más reveladora "Creced y multiplicaos”. ¿Pero qué sentido tiene esto si el espacio donde nos tenemos que crecer y multiplicar va camino de la nada? Más personalizado, por volver al compromiso individual: ¿qué tierra voy a dejar a Clara y Adrián?

El hombre de Neandertal, a quien los últimos estudios antropológicos igualan con nuestra especie en inteligencia, cultura, incluso cuidado de los enfermos y ciertos ritos religiosos, desapareció hace 40.000 años. Hasta entonces, y desde hacía 400.000 años antes, interactuó, física y mentalmente con el Homo Sapiens, nosotros. De hecho, dependiendo de las regiones donde vivimos, algunos de nosotros tenemos un 4% de sus genes, otros de la especie denisovana, otros del Homo Floriensis. Todas esas especies se extinguieron hace miles de años. Únicamente sobrevivimos los llamados “sapiens”. Razón aducida por los expertos: fuimos capaces de desarrollar, fuese en la recolección, en la caza, o en el arte una excelsa capacidad colaborativa entre nosotros. En todo caso, muy superior al de otras especies que terminaron por extinguirse.

Ahora el desafío es que ese mismo sentido de cooperación, basado en el compromiso individual, se acreciente de manera exponencial y que lo haga en los lustros, no los siglos, venideros. Está en juego, ni más ni menos, que nuestra propia supervivencia.

Bueno, también, los robledales y las sendas que atraviesan los páramos de mis correrías infantiles. Donde me gustaría que pudieran correr los hijos de Adrián y Clara. Y los hijos de sus hijos.

domingo, 13 de diciembre de 2020

NEMRUT DAGHI, ANTIOCO 1º Y EL CORONAVIRUS

Como modesto aficionado a la historia y la arqueología, desde los primeros días del pandemónium de la pandemia, después ha vuelto y revuelto a la memoria infinidad de veces, tengo entre ceja y cerebelo este espacio histórico, localizado en el este de Turquía, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1987.

Con un acceso muy complicado, en un lugar remoto de Anatolia, en la frontera con la región ocupada por los kurdos y no muy lejos de la siria, hay que poner bastante intención y un notable esfuerzo para llegar, al menos a finales del siglo pasado, hasta la cumbre. Los doce últimos kilómetros a lomo de asno, desde la aldea más cercana. A la cual había que acceder, a través de un paraje desolador, de montañas peladas y cárcavas plegadas sobre sí mismas, a finales de agosto el sol abrasaba, por una pista hecha de genuino pedregal. Un martirio.

A mí, más que la arqueología, lo que me interesaba era la historia de las religiones y, más específicamente de aquel mestizaje de cultos y divinidades que coexistían en la frontera de la época (primer siglo antes de Cristo), entre el imperio persa y romano, con huellas ambos de otros cultos, de otras etnias que, a lo largo de los siglos, habían atravesado aquella encrucijada geográfica. Sin ir más lejos, los griegos y armenios, pueblo de donde procedía el impulsor de aquel desmán monumental en medio de la nada: Antíoco I Theos de Comagene.

Antíoco I se había hecho construir su túmulo funerario, una vez que había desmochado la cima de la montaña. En lugar de recubrirlo con grandes piedras talladas decidió que para que no le esquilmaran después de muerto, el túmulo, en realidad la cumbre de la montaña, esta vez reconstruida, se edificaría a base de trocitos de piedra, más o menos del tamaño de adoquines. Así, si un ladrón de tumbas venía a rebuscar el oro, la plata y los tesoros que hubieran pasado a la otra vida con su cadáver iban a encontrarse con la sorpresa de que al hacer el agujero, la misma gravedad de las piedras sueltas, amontonadas sin argamasa ni sujeción, se derrumbarían sobre el propio hoyo excavado. A fecha de hoy, nadie ha sido capaz de encontrar su tumba.

Pero las ambiciones de Antíoco no se paraban en evitar que los ladrones de tumbas se enriquecieran a su costa después de muerto, lo que le interesaba era, puesto que tenía previsto que le enterraran a más de 2.000 metros de altura, acercarse, si cabe, todavía más a las divinidades. Y en la época, no andaban escasos de ellas. Así que, ni corto ni perezoso, después de todo era rey, aunque su reino estuviera muy limitado por los romanos de un lado y los persas del otro, ordenó que le hicieran una estatua, sentado, en un lateral de la montaña, de unos 8 metros de altura. 

Hasta ahí, nada excepcional. Salvo que a continuación mandó tallar, también en piedra, decenas de estatuas representando una sorprendente amalgama de dioses de la época, donde se combinaban los del imperio romano, los griegos, los armenios, los persas. Si había que compararse con la divinidad, ¿por qué compararse con unos cuantos? De puestos mejor sentarse a la misma altura, figurada y mitológica, de todos los dioses de la vecindad. Así que a la vera de Antíoco aparecen, entro otros Zeus-Oramasdes y Apolo-Mitra y Tique. Una religión híbrida, cuyo culto, debía ser un verdadero rompecabezas de lenguas, ritos e invocaciones.

Durante decenios de prosperidad, al menos en los países desarrollados, sean orientales u occidentales, nos hemos construido una re-ligión, la misma palabra lo indica, donde hemos anclado, si no todas, al menos muchas de nuestras inseguridades y fragilidades. Al estilo del de Comagene. Una montaña con grandiosas estatuas llamadas tecnología, producto industrial bruto, competitividad, la mejor sanidad del mundo, aniquilación de bosques tropicales, ignorancia ante el drama de la emigración, desprecio del cambio climático y un largo etcétera de adoquines, que al estilo de Antíoco, creíamos que nos iban a servir, por si vinieran otros a quitarnos el tesoro, nuestro tesoro, no sé, quizá las masas famélicas africanas o los desplazados por los conflictos bélicos, siempre estuviera a buen recaudo.

Pero mira por dónde, fuere por un fallo de seguridad en un laboratorio hiper secreto chino o porque alguien deglutiera un pangolín infectado, a estas alturas el origen es lo de menos, nos encontramos con que toda la arquitectura y monumentalidad de nuestras seguridades ha sufrido un notable tembleque, si bien no se ha derrumbado completamente, después de todo seguimos pagando las hipotecas a los bancos y los populismos siguen azuzando a la plebe con “fake news”.

Digamos que las circunstancias, la vida, la Providencia, el azar, los hados dependiendo de las creencias de cada cual, nos han servido un buen coscorrón y dejado unos cuantos rasguños, terriblemente profundos con la pérdida de familiares, amigos y profesores o en el enorme desempleo generado y el consiguiente empobrecimiento de familias y empresas; pero más superficiales, cuando tengamos perspectivas temporales nos daremos cuenta, de confinamientos, mascarillas, políticos mediocres y multas por botellones (¡España y yo somos así, señora!) de las autoridades gubernativas.

Los miles de muertes y el sufrimiento provocado por el coronavirus no son asuntos para banalizar la situación. Obviamente. No obstante, si conviene, seguramente la obtendremos dentro de unos meses o años, poner en perspectiva la situación. Como evolucionados miembros del “Homo Sapiens”, no es nada nuevo, el dolor, la angustia, el miedo se sienten de modo especial y único cuanto más cerca de nosotros los tengamos en el tiempo y el espacio. Ya sabemos con que velocidad pasamos sobre una diminuta reseña de la última hambruna en Etiopía y cómo sacamos la calculadora para descartar, haciendo cuentas con detenimiento, cuántos días podrían pasar hasta que la UCI de mi hospital se llene. Por si me tocara.

Así que, si somos indiferentes a los malienses que perecen en las pateras de las costas de Lampedusa, ¡cuán lejos nos quedan los 65 millones de muertos de la II Guerra Mundial, los 6 millones de judíos perecidos en el Holocausto, por no hablar de sumas superiores, se dice pronto, tras la Gran Marcha de Mao o los gulags de Stalin! Y eso que ahí no hubo errores de laboratorio, ni ADN de murciélagos contaminados. Los millones de cadáveres de hace apenas 70 años, y menos, son fruto, si fruto se puede llamar a la muerte, de la crueldad de nuestros congéneres. La dolorosa historia humana es una hilera interminable de nuestras propias decisiones.

Por ello, pese a que el tiempo y el espacio nos colocan en el dolor de lo que podemos palpar, el Covid-19, aún con toda su dureza, también ha acarreado aspectos positivos. Seguramente el primero es hacernos conscientes de la fragilidad inherente a las personas, a los seres humanos, porque nos ha tocado o nos puede tocar en nuestros seres más queridos, incluso a nosotros mismos. El sufrimiento y la muerte están cerca y resulta complicado, por desconocimiento, ponerles barreras. Como se solía decir antes: “No somos nada”.

El segundo aspecto positivo es que, en un contexto de tamaña incertidumbre, necesitamos tener espacios físicos, referencias tangibles (casa, paisajes, barrio) y, sobre todo emocionales, donde anclar nuestras inseguridades. Por supuesto, la familia, pero también los amigos, los compañeros de trabajo y los vecinos del rellano. Los sanitarios que nos cuidan, los policías que vigilan, el periodista que, con veracidad, nos informa. Cualquier elemento que elimine, aunque sea unos gramos, nuestra inquietud.

El tercer elemento, pero no menos importante y que, seguramente, una vez aplacada la peste, permanecerá más tiempo con nosotros: discernir los límites del ser humano y, como consecuencia, la herencia que queremos dejar para los que vengan detrás: nuestros hijos y nietos.

Aunque personalmente soy muy optimista respecto al futuro, el coronavirus nos ha enseñado que podemos edificar estatuas monumentales (tecnología, ciencia, vacunas, encontrar agua en Marte) en medio de parajes desiertos, intentar acercarnos a los dioses, sobredimensionar nuestras limitadas capacidades, olvidarnos de la fragilidad inherente al ser humano. Como Antíoco I, crear nuestra propia religión, adobada con un consumismo desmesurado, innovaciones sin par, sueños, aparentemente, ilimitados de grandeza y poderío.

No es mi intención aplicar unas dosis de moralina barata a la confusión y el caos que, todavía, pende sobre nuestras cabezas. De la encrucijada de caminos y culturas que fue Nemrut Daghi, hace algo más de dos mil años, sólo quedan torsos sin sus miembros inferiores, cabezas a medias enterradas en el suelo, troncos sin testa.

Como tantas veces en la historia, desde el Imperio Romano hasta el trumpismo más rancio, la ambición sin límites no ha sido sino la piedra en la que tantas veces la raza humana ha convertido sus sueños más desmesurados en terribles pesadillas.

Acaso el coronavirus nos sirva para dejar de sobrevolar los glaciares desaparecidos, mirar de lejos los campos de refugiados, observar adormilados desde las alturas los incendios en el Mato Grosso, quizá nos empuje a poner los pies en la Tierra y hacerla más habitable para nuestros descendientes, no transformada, víctima de nuestras impotencia, en un campo de ruinas como Nemrut Daghi.

sábado, 9 de mayo de 2020

CUARENTENA DÍA XLIV: El robledal


Si alguna vez me pierdo en el mundo que sea por aquí. En este rincón que me pertenece desde hace tantas décadas. No me importan las playas vírgenes, tampoco las cercanas montañas cubiertas de nieves casi perpetuas, menos aún los lejanos desiertos de arenas inabarcables. Es aquí, en el robledal de la infancia, donde en cualquier instante me gustaría desaparecer. Da lo mismo la época del año. Aunque puestos a elegir, que sea el otoño tardío, una tarde de ligera brisa como ésta, poco antes de que llegue el invierno con sus amaneceres gélidos.

Tengo la absoluta certeza de que estos troncos sinuosos me conocen desde antes de que tuviera uso de razón. A veces, incluso dudo si no he nacido aquí mismo, entre la hojarasca del suelo y los líquenes que han colonizado el ramaje más añoso. Mi bisabuela Catalina le decía a mi abuelo Lides: “Vamos a llevar al chiguito”. Y mi abuelo que, raramente recuchaba a su madre, me encaramaba a lomos de la mula vieja. No creo que tuviera más de cuatro o cinco años. Al bosque sólo se iba acompañado. En aquella época, principios de los sesenta, todavía rondaban los osos y no era raro ver lobos hambrientos cerca de la aldea.

A mi padre, una tarde noviembre, cuando venía de la huerta cargado con el carro de patatas, uno se había abalanzado al pescuezo de nuestro perro pastor y lo había degollado. A menos de un kilómetro del pueblo.  Lo recuerdo muy bien. Yo estaba subido encima de los sacos de patatas. Así que aventurarse en el monte, aunque acompañado, era todo un desafío inconfesable para mí. Tan amilanado de que apareciera el mismo lobo como de caerme de la acémila, yo me agarraba con desesperación a la crin de la mula, ojo avizor a uno y otro lado de la cañada.

El colmenar de la familia estaba en medio de este robledal. Aquel viaje se repetía varias veces a lo largo del año. A finales de octubre, para dejar aguamiel y así las abejas sobrevivirían al invierno. En junio para catar, antes de que llegaran las labores de la siega. Y si las flores del brezo y el tomillo habían sido copiosas, se volvía a catar la miel azucarada en septiembre. Para un niño, el proceso resultaba fascinante. Mi abuelo se embutía en un precario armatoste para evitar las picaduras de las abejas, a la vez que con el ahumador las ahuyentaba para extraer los paneles. Yo era el encargado de recoger la hojarasca del suelo con qué fabricar la humareda. Tarea nada fácil. Como siempre estaba húmeda, el sol penetraba a duras penas, la espesa columna de humo se retorcía entre los robles en silencio, majestuosa.

El colmenar sigue ahí, en ruinas. No me gusta hacerle fotos. Tuvo varios arreglos y todavía conserva un par de los cuezos de madera que mi abuelo usaba para dar cobijo a los enjambres. El tejado se ha hundido y las alimañas han destruido las colmenas. Alguien ha colocado unas móviles en la parte delantera. Pero detrás, quizá centenarios, aguantan los mismos robles de siempre. Eso sí, más tortuosos. La capa de hojarasca, que se ha ido acumulando durante decenios, conforma una mullida alfombra. Es el único ruido que se escucha en varios kilómetros a la redonda. Las pisadas sobre las hojas desprendidas de los robles.

Si se aguza mucho el oído, también el arrullo de las palomas torcaces. No serán las mismas, claro, de entonces, pero siguen anidando en unos piñoneros que se encuentran un poco más allá, donde nace el vallejo. Lo que se oye, en realidad, es sobre todo lo que no se escucha. La misteriosa burbuja de silencio que sólo el robledal puede crear. El sitio perfecto para escucharse a uno mismo. Basta cerrar los ojos y de repente fluyen a borbotones y en desorden las ideas, los pensamientos, las ilusiones perdidas, los sueños cumplidos. Los tiempos gramaticales pierden su consistencia envueltos en la nada.

Ningún obstáculo, en este principio de invierno, para que se deslicen, por entre las últimas luces que dejan filtrar las ramas desnudas, esta extraña confusión de pasados y futuros. El tiempo se ha evaporado. Volatilizado. El sol ha comenzado a bajar y si sale el cierzo, el viento del este, arrastrará consigo, también, el presente. En este círculo del silencio, ni siquiera hace falta cerrar los ojos para volver a recoger la hojarasca del suelo que coloco en montoncitos. Mientras mi abuela, con sus manteos oscuros y su pañuelo de luto perpetuo sobre su pelo encanecido sopla y sopla para que la brasa de la hoguera no se apague.

Vuelve a surgir la humareda. Si en cualquier ocasión no me encontráis en el mundo, buscadme aquí.