domingo, 1 de marzo de 2015

LA GEOGRAFÍA

Desde los tiempos infantiles de la Enciclopedia Álvarez me fascinan los mapas. Tengo estantes llenos de ellos. Lugares que he habitado, otros a los que jamás viajaré. Todos revueltos. Namibia, los castillos del Loira,  Chile, la ruta del románico en el norte de Castilla, Sicilia, Mongolia y el desierto de Gobi, las Aleutianas, el valle del Guadalentín, los guerreros de terracota en Xi’an. Sobre soporte de la tinta que mancha. De National Geographic, de las campañas militares de la II Guerra Mundial, de la invasión de los bárbaros, de la villa romana de La Olmeda. En el iPad. Mapas turísticos, orográficos, planos de ciudades, físicos, políticos, climáticos. La palma se la lleva Tokio. Con una colección, acabo de contarlos, de cuarenta y tres. Para nativos, de la época del shogunato, para extranjeros, para el metro, para niños, de la línea Yamanote, el ferrocarril de circunvalación, de los aeropuertos, del parque de Ueno.

Durante muchos años fueron el fiel reflejo de la expansión acelerada de mi diminuto universo. Desde el exiguo valle, en las estribaciones de la cordillera, mi reducida geografía, con la energía gravitatoria de la adolescencia, incluso dentro de su insignificancia, inició su aceleración en el espacio y el tiempo. Primero, hasta el mercado de ganado en la cabeza del partido judicial, a donde mi abuelo me llevaba para vender lechones con la tartana. Desde su parte trasera, miraba como la aldea se convertía en un reducido punto, la perspectiva se perdía, a medida que nos alejábamos por el antiguo camino de robledales.

Después conocí la Calle Mayor de la capital de provincias y mi primer helado. Premio por aguantar, sin aspavientos, el inmisericorde corte de anginas que el dentista ejecutó sin pestañear, yo sentado sobre el sillón donde solía extraer muelas del juicio.  Unos kilómetros más allá, la primera vez que montaba en tren, Pucela, ya gran ciudad, misteriosa e ignorada, donde nunca puse el pie. Un internado, a mediados de los sesenta, con tapias infranqueables. Mi libro de geografía, de la editorial SM, ampliaba los horizontes con mapas a través de los cuales aprendí que en el País Vasco había altos hornos y en Murcia se cultivaba el gusano de seda. La geografía de los espacios más personales, sus casas de adobe, sus páramos de sementeras estériles, las cumbres nevadas tan próximas se iban tornando, con el paso de los años, invisibles.

El atlas de la vida, mi reducida cartografía, siguió esparciéndose. Un pueblo en medio de la llanura manchega, la capital del Reyno, un mapamundi cada vez más difícil de interiorizar mientras el dictador agonizaba y aclamábamos a Adolfo Celdrán. En los veintipocos, un salto cuántico, del gris esperanzado del rompeolas caótico de todas las Españas, finales de los setenta, al verde esmeralda de Eire. La juventud explotando a borbotones. Mi planisferio, aparentemente, no tenía fronteras en su imparable aceleración. Absorbía océanos, penínsulas y continentes, al mismo ritmo que declinaba el aoristo en griego o memorizaba el alfabeto hebreo, durante las gloriosas tardes romanas. Un agujero de gusano, un atajo atravesando la montaña de la vida, acortar la circunferencia de la Tierra, iniciar el camino de regreso, desde la luz del Extremo Oriente. En la ciudad del Gran Bosque.

En Tokio, la carta geográfica alcanzó su máxima expansión. La frontera era esférica, el único camino, pues, era volver al punto de origen. No se trataba sólo de una cuestión sobre la hipotética distancia. Había llegado también el instante donde se frenaba la energía expansiva, la hora de iniciar el viaje de retorno. La desaceleración se acentuó en la contracción de los años y de la mente. Poco a poco, el universo, el mío, se fue apocando. Sí, hubo muchos otros viajes, decenas, quizá centenas, pero ya sólo fueron anécdotas pasajeras. A tierra de nadie, aeropuertos insulsos, hoteles de paso, estaciones fugaces, visados sin fecha.

Me reposo, de momento, en este apeadero, a la sombra de los limoneros, en este reino de taifas que es Murcia. Pero no me cabe ninguna duda de que el universo, el mío, seguirá su proceso imparable de desaceleración, volviéndose cada vez más chico. No siento ninguna pena. Al contrario, me alegro de que así sea, de que poco a poco, los mapas vayan menguando. De que la historia retroceda, compulsivamene, a sus orígenes.


No me arrepiento de los mapas recorridos. Tampoco tengo miedo de los pocos que me quedan por andar. Porque sé a dónde quiero llegar. A donde empecé. A la misma latitud donde todo surgió. A las paredes de adobe, ahora derruidas, a los robledales arrancados de cuajo, a los mismos eriales de las parameras inabarcables. Y si alguien me pidiera ser más preciso, conozco, con certeza absoluta y lógica indomable, donde quiero encender la pira con todos los atlas de mi existencia. En la misma tierra acogedora y fértil donde se repatriaron al polvo los huesos de mi abuelo. De mi padre y de mi madre. Esparcidos sobre la mota del camposanto que domina el río de mi infancia. Al insignificante valle, al pie de la cordillera.

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